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Simmple
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Paper 03 · 31 ago 2026 · Simmple

No creo en la estrategia. Creo en observar, validando 🔥

Esa frase es mía y la escribí antes de leer nada de esto. Después encontré cinco estudios que la ponen en problemas: uno me da la razón con condiciones, otro me la quita, y el caso de negocios más citado del mundo tiene dos versiones.

Londres, 30 de julio de 1975. El Boston Consulting Group le entrega al gobierno británico un informe titulado Strategy Alternatives for the British Motorcycle Industry. La pregunta que le pagaron por responder es incómoda: cómo hizo Honda para quedarse con dos tercios del mercado de motos de Estados Unidos mientras la industria británica se hundía.

La respuesta del informe es impecable. Honda persiguió volumen deliberadamente, bajó costos por escala, entró por el segmento pequeño y fue subiendo. Curva de experiencia. Estrategia de libro. Durante años ese documento se enseñó en las escuelas de negocios como el ejemplo de un plan brillante.

Siete años después, Richard Pascale viajó a Tokio y entrevistó a los ejecutivos de Honda que efectivamente estuvieron ahí en 1959.

Le contaron otra cosa.

Llegaron a Los Ángeles casi sin plata, con un permiso de divisas limitado, apostando a las motos grandes, que eran las que se vendían en Estados Unidos. Las motos grandes empezaron a fallar: los estadounidenses las manejaban más rápido y más lejos de lo que el diseño aguantaba. Mientras tanto, para moverse por la ciudad, el equipo usaba unas moticos de 50 centímetros cúbicos que habían traído para uso propio. La gente en la calle empezó a preguntar por esas.

En 1960 Honda vendió 2.500 máquinas en Estados Unidos. En 1961 ya tenía 125 distribuidores y había puesto 150.000 dólares en publicidad regional, con una campaña sobre la gente amable que uno se encuentra montando una Honda.

Pascale publicó eso en California Management Review en 1984. Su punto no era que Honda no tuviera cabeza. Era que la estrategia que BCG describió tan bien no fue la que se planeó: fue la que quedó después.

Henry Mintzberg lo resumió con más filo del necesario: le creemos a los que lo hicieron, no a los que después lo dedujeron.

Ahí está el problema completo de esta pieza, y ahí está también mi propia frase en aprietos.

Porque si la historia se acaba en Honda, la conclusión es cómoda: los planes son un cuento que se escribe al final. Yo llevo años diciéndolo con otras palabras. Y resulta que el mismo debate de Honda tiene una segunda parte que casi nadie cita.

En 1996, la revista volvió sobre el caso y publicó una discusión entre Mintzberg, Pascale, Richard Rumelt y Michael Goold, que había sido uno de los autores del informe de BCG. Goold contestó algo difícil de rebatir: el informe no era un libro de historia. Era un documento para un cliente que tenía que tomar decisiones. Su trabajo no era reconstruir qué se le pasó por la cabeza a un japonés en 1959, sino explicar por qué la estructura de costos de Honda estaba matando a la industria británica. Y en eso el informe no se equivocó.

Las dos cosas pueden ser ciertas. La estrategia emergió de tropezar en Los Ángeles, y al mismo tiempo la ventaja que quedó era real, medible y explicable.

Lo que pasa es que la primera versión es mejor historia. Y a mí me convenía.

Deliberada, emergente, y el 90 % que es mezcla

El marco conceptual para esto es de 1985: Henry Mintzberg y James Waters, en Strategic Management Journal, distinguieron entre la estrategia deliberada —la que se pretendió y se cumplió— y la emergente —el patrón que se ve mirando para atrás, sin que nadie lo hubiera pretendido.

Y aquí está el detalle que se pierde en las citas de LinkedIn: los autores dicen que ninguna de las dos existe en estado puro. Una estrategia perfectamente deliberada exigiría intenciones exactas, compartidas por todos, y un entorno que no se mueva. Una perfectamente emergente exigiría orden sin ninguna intención. Ninguna de las dos pasa en el mundo. Todo lo real está en la mitad.

Lo que no dice el resumen: ese artículo es una tipología, no una medición. No hay muestra, no hay control, no hay número. Es un marco para pensar, y como marco es excelente. Pero citarlo como prueba de que planear no sirve es hacer exactamente lo que hizo BCG con Honda: deducir un dato de una historia.

Para datos toca ir a otra parte. Y para ejemplos, también.

Tres emergencias, con fecha

Intel deja de ser una empresa de memorias sin haberlo decidido

Este es el caso mejor documentado que existe, y es un estudio académico, no una anécdota de tarima.

Robert Burgelman, de Stanford, publicó en Administrative Science Quarterly en 1994 una investigación longitudinal sobre cómo Intel salió del negocio de las memorias DRAM. Intel había inventado ese negocio. Era su identidad. Su gente decía “somos una compañía de memorias” con la misma naturalidad con la que uno dice su apellido.

Los números del proceso son casi una caricatura: los ingresos por DRAM cayeron de cerca del 90 % al 3 % del total, y aun así ese negocio seguía llevándose alrededor de un tercio de la inversión en investigación y desarrollo.

Lo que encontró Burgelman es lo importante. Mientras la cúpula seguía discutiendo si Intel era o no una empresa de memorias, los mandos medios —los que asignaban la capacidad de las plantas— venían moviendo las obleas de silicio hacia los microprocesadores desde hacía años, siguiendo una regla operativa: darle capacidad al producto que dejaba más margen por oblea. Nadie estaba ejecutando una estrategia. Estaban cumpliendo una regla.

Cuando la dirección finalmente anunció la salida de las memorias, en 1985, la reasignación ya estaba hecha. La decisión oficial llegó a firmar algo que la organización ya había decidido con las manos.

Andy Grove contó después la conversación con Gordon Moore que le sirvió para darse cuenta: si a los dos los echaran y la junta trajera un gerente nuevo, ¿qué haría ese man? Salirse de las memorias. Entonces, ¿por qué no salimos nosotros por la puerta y volvemos a entrar y lo hacemos?

Eso es estrategia emergente con acta de nacimiento: el patrón existía antes que el plan, y el trabajo de la cúpula no fue inventarlo sino reconocerlo y nombrarlo.

Rappi sale de un buzón de sugerencias

Ahora uno de acá, y de esta década.

Simón Borrero, Sebastián Mejía y Felipe Villamarín tenían una empresa llamada Grability: software para que las grandes cadenas vendieran mercado por celular, con clientes del tamaño de Walmart y El Corte Inglés. La interfaz era buena. El problema no era la interfaz.

En el buzón de sugerencias de la plataforma, los usuarios empezaron a pedir cosas que no estaban en el catálogo: hamburguesas, medicinas, favores, ir al cajero, llevar comida para gato. El equipo estaba resolviendo la vitrina digital y la gente les estaba diciendo, gratis y por escrito, que el cuello de botella era la entrega.

El piloto de Rappi salió en una zona de Bogotá en agosto de 2015, con repartidores y una táctica que quedó en la mitología del ecosistema: pararse en una esquina a regalar donas a quien descargara la aplicación.

Borrero lo ha dicho de una manera que a mí me parece la mejor definición de estrategia emergente que ha dado un empresario colombiano: lo valioso de Rappi no fue idea de ellos, fue de los usuarios.

(Precisión de rigor: las fuentes no coinciden en si Grability se fundó en 2013 o en 2015, ni en si el buzón que originó todo era el de Grability o el del primer Rappi. La versión se pulió con los años, como pasa siempre. Lo verificable es el piloto de agosto de 2015 y la coincidencia de todas las versiones en el origen: la idea llegó de afuera.)

La yuca, el silicio y la moto

Fíjese en lo que tienen en común los tres casos, porque no es lo que parece.

No es que a los tres les haya llegado la suerte. Es que los tres tenían puesto un aparato que capturaba la señal.

En Honda, unos ejecutivos andando en moto por Los Ángeles y viendo a la gente voltear a mirar. En Intel, una regla de asignación —margen por oblea— que movía recursos sin pedirle permiso a la identidad de la empresa. En Rappi, un campo de texto abierto que alguien efectivamente leía.

La estrategia no emerge sola. Emerge donde hay un instrumento que recoge lo que el mercado está diciendo y un lugar donde eso se convierta en conversación. Sin aparato, la misma señal llega y se pierde, y nadie se entera de que se perdió.

Esa es la parte que la versión romántica de “lo emergente” se salta. Emergente no es improvisado. Es lo contrario: exige más disciplina, porque hay que estar midiendo cuando todavía no se sabe qué se está midiendo.

Emergente no es improvisado. Exige más disciplina, porque toca medir cuando todavía no se sabe qué se está midiendo.

Lo que sí está medido: portarse como científico

En Milán, entre 2016 y 2017, un equipo de la Universidad Bocconi hizo el experimento que yo hubiera querido hacer.

Arnaldo Camuffo, Alessandro Cordova, Alfonso Gambardella y Chiara Spina reclutaron 116 startups italianas en etapa temprana y las asignaron al azar a dos grupos. Los dos recibieron las mismas 10 sesiones de formación sobre cómo salir a buscar retroalimentación del mercado. La diferencia fue una sola: al grupo tratado le enseñaron a portarse como científico —formular una teoría explícita de por qué su idea debería funcionar, derivar hipótesis de esa teoría y ponerlas a prueba con pruebas rigurosas—. Al grupo de control lo dejaron seguir su intuición, que es lo que casi todos hacemos.

Después los llamaron por teléfono 16 veces a lo largo de un año.

Los resultados, publicados en Management Science en 2020:

Pivotes

19 vs 11

Tratados contra control.

Abandonos

24 vs 20

Se rindieron más rápido.

Con ingresos positivos

85 vs 22

Observaciones en el año.

Ingreso promedio

€7.800 vs €900

Mediana: 1.300 contra 500.

Léalo despacio, porque no dice lo que parece.

Los que se portaron como científicos cambiaron de idea más veces y se rindieron más rápido. No fueron más tercos ni más visionarios: fueron más rápidos para descubrir que la idea no servía. Y los que quedaron facturaron mucho más.

En 2024, el mismo grupo publicó en Strategic Management Journal una réplica grande: 759 empresas en cuatro experimentos aleatorizados. Confirmó el efecto sobre el abandono de ideas malas, con más precisión que el estudio original. Y encontró algo nuevo sobre los pivotes: el efecto no es lineal. Los tratados tienden a hacer pocos pivotes, frente a ninguno o frente a muchos.

Ahí es donde mi frase empieza a sufrir.

Porque “observar, validar, iterar” suena a moverse rápido y cambiar seguido. Y lo que ganó no fue eso. Lo que ganó fue: escribir primero por qué debería funcionar, y solo después salir a mirar. Iterar sin una hipótesis escrita no es método: es dar vueltas con energía. La disciplina que pagó no fue la velocidad. Fue el orden.

Y sí, planear sirve

Segundo golpe a mi frase, y este es directo.

Jan Brinckmann, Dietmar Grichnik y Diana Kapsa hicieron en 2010 un metaanálisis —o sea, un estudio que combina los resultados de muchos estudios previos— sobre la relación entre planear y desempeño en empresas pequeñas. 46 estudios, 51 tamaños de efecto, 11.046 organizaciones.

El resultado: la relación es positiva. El efecto promedio es de 0,20.

No es enorme. Es un efecto pequeño-mediano, del tamaño de las cosas que sí existen pero no salvan a nadie solas. Y lo interesante son los moderadores: la relación es más fuerte en empresas pequeñas ya establecidas que en empresas nuevas, y cambia según el entorno cultural del país.

Traducido a algo usable: entre más nueva es la empresa y más incierto el terreno, menos rinde el plan. Entre más establecida, más rinde. El plan no es inútil. Es una herramienta con un rango de operación, como una llave de un tamaño específico.

Yo venía diciendo que la llave no servía. Lo que pasa es que la estaba usando en el tornillo equivocado.

El trade-off, que es lo único que aguanta

Ahora la parte que sigo defendiendo, y que es la definición que a mí me sirve.

En noviembre de 1996, Michael Porter publicó en Harvard Business Review un ensayo titulado What Is Strategy?, y su argumento central es una distinción que treinta años después casi nadie hace:

Eficacia operativa no es estrategia. Hacer lo mismo que los demás, pero mejor, no es una posición: es una carrera. Todo el mundo puede copiar una mejora de proceso, y en el largo plazo la copia iguala a todos hacia abajo, con márgenes cada vez peores.

Estrategia, para Porter, es escoger deliberadamente un conjunto distinto de actividades para entregar una mezcla única de valor. Y eso obliga a lo incómodo: hay que renunciar a cosas. Los trade-offs son lo que hace que la estrategia sea defendible, porque son lo que impide que el competidor lo copie a uno sin destruirse. Si su competencia puede quedarse con todo lo que usted hace y además con lo suyo, usted no tiene estrategia: tiene una lista de buenas prácticas.

La esencia, dice él, es escoger qué no hacer.

Lo que hay que decir: ese texto es un ensayo argumentativo, no un estudio. No tiene muestra, no tiene control, no tiene tabla. Es la mejor definición conceptual que conozco, y sigue siendo una definición, no un hallazgo.

Aquí hay un detalle que casi nadie menciona y que amarra esta pieza entera: Alejandro Salazar, el hombre que en Colombia escribió el libro que se llama La Estrategia Emergente y la muerte del plan estratégico, trabajó años en Monitor, la firma de consultoría de Michael Porter. El que mató al plan estratégico se formó en la casa del que definió la estrategia. No es una contradicción. Es la pista.

Porque Salazar tampoco está peleando con Porter. Está peleando con el ritual: el retiro de diciembre, la matriz, el documento de 80 páginas que nadie abre en marzo. Su primera ruptura es idéntica a la de Porter, dicha en criollo: el mejoramiento continuo no es estrategia. Seis Sigma no es estrategia. Ser más eficientes que el año pasado no es una posición.

La segunda ruptura sí es suya: si la estrategia arranca del hacer, entonces el instrumento no es el plan sino la conversación estratégica —la discusión permanente, adentro de la empresa, sobre dónde estamos ganando de verdad—. Y su frase más útil es la más incómoda: la estrategia no se trata de mejorar, se trata de ganar.

Y ahora la síntesis, que es lo que me llevo de haber escrito esto:

Porter describe qué es una estrategia. Mintzberg, Burgelman y Salazar describen cómo se forma. Uno habla del sustantivo, los otros del verbo. Llevan cuarenta años peleando en parte porque no están hablando de lo mismo.

La estrategia es el trade-off: la razón por la cual una empresa no hace lo que hace la competencia. Y ese trade-off casi nunca aparece en una reunión de planeación en diciembre. Aparece después de observar, de validar y de iterar lo suficiente como para saber en qué es uno distinto de verdad.

O sea que sí creo en la estrategia. Lo que no creo es que se escriba antes.

Tres preguntas para volverlo real: ¿qué sacó exactamente el competidor y en qué mes? ¿quién en el equipo dijo que no había que hacerlo, y qué le contestaron? ¿en qué se volvieron ustedes más parecidos a la competencia después de eso?

La estrategia es el trade-off. Y ese trade-off casi nunca aparece en una reunión de planeación en diciembre.

Cuatro libros: uno de acá y tres de allá

1

La Estrategia Emergente y la muerte del plan estratégico

Alejandro Salazar Yusti (2021)

259 páginas, edición del autor. Salazar es ingeniero de Los Andes con maestría y doctorado de Northwestern, pasó por Monitor —la firma de Porter— y dirige Breakthrough, la consultora que ha acompañado a buena parte del empresariado grande colombiano: Argos, Celsia, Postobón, Odinsa, entre otros.

Las tres rupturas del libro: el mejoramiento continuo no es estrategia; la planeación estratégica dejó de existir y lo que hace falta es una reflexión permanente sobre la posición; y la acción es el origen de la estrategia, no su resultado. De ahí sale la frase que más le he oído repetir: esto no se trata de mejorar, se trata de ganar. Lo que hay que saber antes de citarlo: la idea de estrategia emergente no nace aquí. Nace en 1985 con Mintzberg y Waters, y tiene su mejor evidencia de campo en Burgelman. El mérito de Salazar es otro, y es grande: traducir eso a la práctica de empresas latinoamericanas concretas, con nombres propios que uno conoce.

2

The Rise and Fall of Strategic Planning

Henry Mintzberg (Free Press y Prentice-Hall International, 1994)

El antepasado directo. Mintzberg, canadiense de McGill, sostiene que “planeación estratégica” es una contradicción en los términos: planear es análisis y la estrategia es síntesis. Desmonta tres falacias: que las discontinuidades se pueden predecir, que el estratega puede estar separado de la operación, y que el proceso de crear estrategia se puede formalizar.

La advertencia: Mintzberg es el mejor polemista del gremio y eso se le nota. Rumelt, que estaba de su lado en el debate de Honda, le anotó que su marcador terminaba siempre en aprendizaje 1, planeación 0. Léalo sabiendo que está leyendo a un abogado, no a un árbitro.

3

Good Strategy Bad Strategy

Richard Rumelt (Crown Business, 2011)

Es el libro que discute conmigo y con usted. Rumelt dice que lo que la mayoría de la gente llama estrategia —la lista de objetivos, la visión, los valores, las metas de crecimiento— es mala estrategia: relleno sin diagnóstico. Y que una estrategia de verdad tiene tres partes: un diagnóstico de cuál es el problema, una política guía para enfrentarlo y un conjunto coherente de acciones.

Por qué importa acá: si usted dice “no creo en la estrategia”, Rumelt le contestaría que lo que usted no cree es en la mala. Y tendría razón.

4

Testing Business Ideas

David Bland y Alex Osterwalder (Wiley, 2019)

Es el manual del “validar”. Un catálogo de experimentos concretos con su costo, su tiempo y su nivel de evidencia, para no confundir una encuesta con una prueba. Es el complemento operativo del hallazgo de Bocconi: primero la hipótesis, después el experimento, y no cualquier experimento.

La advertencia: es una caja de herramientas, no una teoría. Y las herramientas no le van a decir en qué debe ser usted distinto. Eso sigue siendo trabajo suyo.

Las frases que me llevo 🔥

  • La estrategia que se cita nunca es la que se planeó: es la que quedó después.
  • Intel dejó de ser una compañía de memorias años antes de que la cúpula lo decidiera. Lo decidieron los que asignaban las obleas.
  • Lo valioso de Rappi no salió de una reunión: salió de un buzón de sugerencias que alguien leía.
  • La estrategia no emerge sola. Emerge donde hay un aparato que captura la señal.
  • Emergente no es improvisado. Exige más disciplina, porque toca medir cuando todavía no se sabe qué se está midiendo.
  • Iterar sin una hipótesis escrita no es método: es dar vueltas con energía.
  • El plan no es inútil. Es una llave de un tamaño específico, y usted la estaba usando en el tornillo equivocado.
  • Si su competencia puede quedarse con todo lo suyo sin destruirse, usted no tiene estrategia: tiene buenas prácticas.
  • Sí creo en la estrategia. Lo que no creo es que se escriba antes.

La práctica

01

Escriba la hipótesis antes de salir a mirar

Media página, hoy, sobre la cosa nueva que esté empujando. Cuatro renglones: “Creemos que [este cliente] tiene [este problema]. Si es cierto, cuando le mostremos [esto], va a pasar [esto medible]. Si en [esta fecha] no pasa, la idea está mal y hacemos [esto]”. El grupo de Bocconi ganó por esto, no por moverse rápido. Y el último renglón es el que casi nadie escribe: en el experimento italiano, los tratados abandonaron más que los de control, y eso no fue el costo del método sino el método funcionando. Comprobación: el papel existe, con fecha, y el número está escrito antes de la prueba.

02

Instale el aparato

Honda tenía gente en la calle. Intel tenía una regla de margen por oblea. Rappi tenía un campo de texto abierto que alguien leía todos los días. Escriba cuál es el suyo: por dónde entra hoy, sin que usted lo persiga, lo que sus clientes quieren y no les está vendiendo. Si la respuesta es “me lo cuentan en las reuniones”, no tiene aparato: tiene rumor filtrado por gente que quiere quedar bien. Comprobación: existe un lugar concreto —un buzón, un número, un reporte semanal, una llamada fija a cinco clientes— con un responsable y una frecuencia. Y usted puede decir qué entró por ahí la semana pasada.

03

Haga la lista del “no”

Escriba las tres cosas que hace su competidor más cercano y que usted no va a hacer. Al lado de cada una, la razón: qué gana usted por no hacerla. Si no puede llenar las tres, o si las razones son “no hemos tenido tiempo” y “nos falta plata”, entonces no tiene trade-offs: tiene una versión más pequeña del competidor. Eso es lo que Porter llama no tener estrategia.

Londres, julio de 1975. Un informe explica con precisión la estrategia con la que Honda conquistó Norteamérica.

En Tokio, la gente que estuvo ahí lleva quince años contando que llegaron a Los Ángeles con las motos equivocadas. En Santa Clara, unos ingenieros mueven obleas de silicio y nadie les dice que están cambiando de industria. Los tres documentos son ciertos. Solo que uno se escribió antes.

¿Cuál es la cosa que hace su competencia y que usted decidió no hacer? Escríbala en los comentarios, con la razón. Si no tiene ninguna, esa también es una respuesta.