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Libro Principiante · Book + Play

Ganar sin vencer

Dale Carnegie propone influir sin imponerse: escuchar de verdad, agradecer con precisión y cambiar un ‘pero’ por un ‘y’. Once ejercicios, historias de marcas y una lectura crítica para llevar sus ideas a tus relaciones, tu negocio y tu vida.

Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie.

Edición condensada30 min · 11 ejercicios
Portada de Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie

Lectura crítica

Antes de entrar

Un chico de veinte años firma un cheque para apuntarse a un curso de oratoria. Al salir de la oficina, anula el pago. Lo contó él mismo años después: "No pude hacerlo. Estaba así de aterrado". Hablar en público le daba ganas de vomitar, literalmente.

Un tiempo después vio otra vez el anuncio en el periódico. Volvió a la oficina. Esta vez no llevó cheque: le dio al instructor cien dólares en efectivo. "Sabía que si le daba el dinero, iría."

El chico era Warren Buffett. El curso, el de Dale Carnegie. Su certificado está fechado el 13 de enero de 1952. En el documental de HBO Becoming Warren Buffett lo explica así: en su despacho no vas a ver el título de la Universidad de Nebraska ni el máster de Columbia. Vas a ver ese certificado.

Un hombre que acabaría siendo uno de los inversores más ricos del mundo cuelga en la pared el diploma que le enseñó a hablar con la gente, no el que le enseñó a contar dinero.

El libro detrás de ese curso salió en octubre de 1936, en Simon & Schuster, en plena Gran Depresión. No nació como libro. Carnegie —nacido Dale Carnagey en Maryville, Misuri, en 1888— daba clases nocturnas de oratoria desde 1912 en la YMCA de la calle 125 de Nueva York, a cambio del 80% de lo recaudado. En 1934, un editor de Simon & Schuster, Leon Shimkin, se apuntó a uno de sus cursos y le propuso que una taquígrafa transcribiera las clases. El resultado vendió 250.000 ejemplares en tres meses y supera hoy los 30 millones.

Es un libro que se lee mal a menudo: como un manual para sacarle cosas a los demás. Sinclair Lewis lo leyó así en 1937 y se burló: según él, enseñaba a sonreír y fingir interés por las aficiones ajenas precisamente para sacarle algo a la gente.

Te propongo la lectura contraria, que es la tuya: la influencia en positivo y en lo posible. Carnegie no enseña a ganar discusiones. Enseña a no necesitarlas. Su tesis, repetida treinta veces, es que se puede cambiar lo que hace otra persona cambiando lo que haces tú con ella. Y casi siempre se gana sin que nadie pierda.

En esta colección encaja de forma natural. Cialdini explicó en Influence, en 1984, por qué la gente dice que sí. Carnegie había contado el cómo cuarenta y ocho años antes, sin laboratorio, a partir de lo que funcionaba con los vendedores y oficinistas de sus clases. Donde la ciencia posterior le dio la razón, lo digo. Donde no, también.

Sigo la revisión de 1981 —cuatro partes, treinta principios— y la leo en tres planos: las relaciones, los negocios y la vida misma.

Dale Carnegie · 30 principios

Parte uno · Las técnicas fundamentales

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1 · La colmena

Qué dice. El primer principio es el más difícil del libro y el que todo lo demás necesita: no critiques, no condenes, no te quejes. Carnegie abre con un pistolero. En mayo de 1931, la policía de Nueva York cercó a Francis "Two Gun" Crowley en un apartamento. Durante el tiroteo, Crowley escribió una carta que empezaba: "Bajo mi abrigo hay un corazón cansado, pero bondadoso; uno que no le haría daño a nadie". Un hombre que acababa de matar a un policía se veía a sí mismo como una buena persona.

Casi nadie se culpa de nada. La crítica no hace que el otro se corrija; hace que se defienda. Y el que se defiende no escucha.

La segunda historia es mejor. En julio de 1863, después de Gettysburg, el general Meade dejó escapar al ejército confederado. Lincoln le escribió una carta furiosa: "Su oportunidad de oro se ha perdido, y eso me angustia inmensamente". La carta nunca se envió. Se encontró entre sus papeles después de su muerte.

"Cualquier tonto puede criticar, condenar y quejarse, y la mayoría de los tontos lo hacen." —Dale Carnegie

En las relaciones. John Gottman lleva décadas observando parejas. Su instituto resume uno de sus hallazgos así: en las discusiones, las parejas que funcionan pasan unos cinco segundos en un estado positivo o neutro por cada segundo en uno negativo, y bajar de esa proporción es una de sus señales de alarma de divorcio. Las parejas buenas también se critican. Pero la crítica llega sobre una montaña de lo contrario.

Qué no hacer. El "te lo digo por tu bien" que nunca es por el bien del otro. El correo de reproche enviado a las 23:40 con copia a tres personas. Y el feedback de cuarenta minutos sobre lo que salió mal en el proyecto que salió bien: técnicamente exhaustivo, humanamente inútil.

PLAY · La carta de Lincoln Tiempo: la próxima vez que estés furioso con alguien. Qué haces: escríbele la carta o el mensaje completo, sin filtro. No lo envíes. Guárdalo veinticuatro horas. Al día siguiente, reléelo y decide si lo mandas, si lo cambias o si lo borras. Qué anotas: cuántos de esos mensajes acabaste enviando tal cual. Cómo sabes si funcionó: casi ninguno. Lincoln no envió el suyo y siguió necesitando a Meade. Tú también necesitas a la persona a la que ibas a escribir.

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2 · El hambre de aprecio

Qué dice. El segundo principio es la otra cara del primero: da aprecio honesto y sincero. Carnegie cita a William James: "El principio más profundo de la naturaleza humana es el ansia de ser apreciado". Y lo ilustra con Charles Schwab, uno de los primeros ejecutivos de Estados Unidos en cobrar más de un millón de dólares al año, que según el libro no cobraba eso por saber de acero. Lo cobraba por saber tratar a la gente. Su regla, tal como la recoge Carnegie: "Estoy deseando elogiar y me cuesta encontrar faltas".

Carnegie distingue con cuidado el aprecio de la adulación. La adulación es falsa y se nota. El aprecio es concreto. La adulación dice "eres genial". El aprecio dice "la forma en que ordenaste este informe me ahorró una hora".

El estudio. En 2018, Amit Kumar y Nicholas Epley publicaron en Psychological Science cuatro experimentos con cartas de agradecimiento. Quienes las escribían predijeron cómo se sentiría el destinatario; después preguntaron a los destinatarios. Los que escribieron subestimaron lo sorprendido y lo contento que se sentiría el otro, y sobrestimaron lo incómodo que le resultaría. El miedo que frena el agradecimiento —"le va a parecer raro"— es justo el dato que más fallamos.

No agradecemos menos por falta de gratitud. Agradecemos menos porque calculamos mal cuánto le importa al otro.

Qué no hacer. El "buen trabajo, equipo" del lunes, enviado a todos y leído por nadie. El elogio que termina en encargo: "qué bien te salió esto; por cierto, ¿puedes hacer también…?". Y la adulación al jefe en público, que el jefe agradece y el resto del equipo anota.

PLAY · La carta que no escribiste Tiempo: 20 minutos, esta semana. Qué haces: elige a una persona que cambió algo en tu vida o en tu trabajo y a la que nunca se lo has dicho. Escríbele una carta o un mensaje largo con una cosa concreta: qué hizo, cuándo, qué cambió en ti. Sin pedir nada al final. Qué anotas: antes de enviarla, del 1 al 10, cómo crees que se va a sentir. Después, lo que te contestó. Cómo sabes si funcionó: la respuesta fue mejor de lo que predijiste. Si lo fue, acabas de repetir en tu casa el experimento de Kumar y Epley.

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3 · El gusano en el anzuelo

Qué dice. El tercer principio: despierta en el otro un deseo ardiente. Carnegie lo explica con una imagen de pesca: a él le gustan las fresas con nata, pero cuando va a pescar no pone fresas con nata en el anzuelo. Pone gusanos, porque eso es lo que les gusta a los peces. Con la gente hacemos lo contrario: le hablamos de lo que queremos nosotros.

Y cita a Henry Ford: "Si hay un secreto del éxito, está en la capacidad de captar el punto de vista de la otra persona y ver las cosas desde su ángulo además del tuyo".

La marca: Amazon. El método de Amazon para pensar desde el otro lado se llama Working Backwards, trabajar al revés. Bill Carr, vicepresidente de la empresa entre 2004 y 2014, lo describe así: antes de escribir una línea de código, el equipo redacta el comunicado de prensa del producto terminado, contado desde el cliente: qué problema tiene, por qué las soluciones actuales le fallan y cómo es su experiencia con lo nuevo. Si el problema no se sostiene en ese papel, el proyecto no arranca. Primero el gusano, después la caña.

En los negocios. Casi todas las propuestas comerciales empiezan por quien las envía: quiénes somos, qué hemos hecho, nuestros valores. Es la fresa con nata. El cliente lee la primera línea buscando su problema, y si no lo encuentra, no lee la segunda.

Nadie lee tu propuesta para saber qué quieres tú. La lee para saber qué gana él.

Qué no hacer. El correo de ventas que dice "nos encantaría presentarle nuestra solución" en la primera línea. La página web cuyo titular es el nombre de la empresa. Y el padre que intenta convencer a su hijo de que estudie explicándole lo mucho que le preocupa a él.

PLAY · El comunicado al revés Tiempo: 30 minutos. Qué haces: coge lo próximo que tengas que proponer —un proyecto a tu jefe, un servicio a un cliente, un plan a tu familia— y escribe, antes que nada, un párrafo contado desde la otra persona: qué le pasa hoy, qué le molesta, cómo sería su semana si dijera que sí. Sin una sola frase sobre ti. Qué anotas: si el párrafo te salió fácil o te costó. Si te costó, no sabes lo que quiere el otro todavía. Cómo sabes si funcionó: en la conversación, la otra persona repitió con sus palabras el problema de tu párrafo. Ahí empieza a querer lo mismo que tú.

Dale Carnegie · 30 principios

Parte dos · Seis maneras de agradar

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4 · Interesarse de verdad

Qué dice. La parte dos se resume en una de sus frases más citadas: "Puedes hacer más amigos en dos meses interesándote por los demás que en dos años intentando que los demás se interesen por ti". Los principios uno y cuatro de esta parte van juntos: interésate de verdad por los demás y sé un buen oyente; anímalos a hablar de sí mismos.

La historia que lo demuestra es del propio Carnegie. En una cena en Nueva York se sentó junto a un botánico y pasó la noche haciéndole preguntas sobre plantas. Casi no habló. Al despedirse, el botánico le dijo al anfitrión que Carnegie era "un conversador de lo más interesante". Carnegie apenas había dicho nada. Había escuchado.

El estudio. En 2017, Karen Huang, Alison Wood Brooks, Francesca Gino y sus colegas de Harvard publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology tres estudios con conversaciones reales, incluidas citas rápidas. Quienes hacían más preguntas, sobre todo preguntas de seguimiento —las que retoman lo que el otro acaba de decir—, caían mejor y conseguían más "sí" para una segunda cita. Y la gente subestimaba cuánto le hacía ganar preguntar. En 2014, Nicholas Epley y Juliana Schroeder ya habían pedido a pasajeros de tren de Chicago que hablaran con un desconocido: tuvieron un trayecto más agradable que los que se quedaron en silencio, al contrario de lo que habían predicho.

La pregunta de seguimiento es la prueba de que escuchaste. Todo lo demás es esperar tu turno.

La marca: Zappos. En junio de 2016, Steven Weinstein, de atención al cliente de Zappos, estuvo 10 horas y 43 minutos al teléfono con una clienta. Empezó por un pedido; después la conversación fue a todas partes. En Zappos no se cronometra la llamada: si una se alarga en un momento de mucho trabajo, el supervisor pone más gente al teléfono en lugar de pedir que se corte. La empresa mide la conversación, no el tiempo.

En las relaciones. El adolescente que "nunca cuenta nada" casi siempre responde a la misma pregunta de siempre —"¿qué tal el colegio?"— con la misma palabra de siempre. La pregunta sobre algo que contó ayer es otra cosa: le dice que ayer lo escuchaste.

Qué no hacer. Preguntar "¿y tú qué tal?" mirando el móvil. Preparar tu respuesta mientras el otro aún habla. Y el vendedor que convierte cada pregunta en un embudo hacia el producto: el otro lo nota en la tercera.

PLAY · Tres de seguimiento Tiempo: una semana, una conversación al día. Qué haces: en cada conversación —un cliente, un compañero, tu pareja, tu hijo—, antes de hablar de ti, haz tres preguntas de seguimiento sobre lo que el otro acaba de decir. No preguntas nuevas: preguntas sobre su última frase. Qué anotas: qué te contó la tercera pregunta que no te había contado la primera. Cómo sabes si funcionó: la tercera respuesta fue la más larga. Y en algún momento, sin que lo pidieras, el otro te preguntó por ti.

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5 · La sonrisa y el nombre

Qué dice. Los principios dos y tres de esta parte son los más fáciles de explicar y los más fáciles de estropear: sonríe y recuerda que el nombre de una persona es, para ella, el sonido más dulce e importante en cualquier idioma.

Carnegie cuenta que Jim Farley, el jefe de campaña de Franklin D. Roosevelt, podía llamar por su nombre a 50.000 personas. Y que Andrew Carnegie, el magnate del acero, bautizó su acería de Pittsburgh como Edgar Thomson Steel Works, con el nombre del presidente del ferrocarril de Pensilvania, el cliente al que quería venderle raíles.

La marca: Coca-Cola. En 2011, Coca-Cola Australia y la agencia Ogilvy sustituyeron el logotipo de las latas y botellas por los 250 nombres más comunes del país. Según las estimaciones de Ogilvy, la campaña Share a Coke aumentó la cuota de Coca-Cola en su categoría un 4% y el consumo entre adultos jóvenes un 7%. Se extendió a más de 80 países. En Estados Unidos, en el verano de 2014, el Wall Street Journal informó de que las ventas de Coca-Cola habían subido un 2,5% después de más de una década de caídas. No vendía un refresco distinto. Vendía uno con tu nombre.

El estudio, con matiz. Durante décadas se citó un experimento de 1988: sujetar un bolígrafo con los dientes, forzando una sonrisa, hacía que unas tiras cómicas parecieran más graciosas. En 2016, una réplica en diecisiete laboratorios no lo reprodujo. En 2022, la Many Smiles Collaboration, con 3.878 participantes de 19 países, publicó en Nature Human Behaviour un resultado intermedio: sonreír a propósito sí aumentaba un poco la sensación de felicidad; el truco del bolígrafo, no de forma concluyente. La sonrisa hace algo. Menos de lo que prometían los pósteres.

El nombre de una persona es la única palabra que nadie se cansa de oír. Siempre que vaya con su cara y no con tu base de datos.

Qué no hacer. Aquí está la trampa de la parte dos, y dos marcas la han pisado. Pret A Manger enviaba a cada tienda un cliente misterioso una vez por semana: si el cajero estaba lo bastante alegre, toda la tienda cobraba un bonus; si no, nadie. En 2025, Starbucks recuperó los mensajes escritos a mano en los vasos, y en 2026 el sindicato de baristas lo denunció como alegría obligatoria: si el trabajador escribe el mensaje "a punta de pistola metafórica", dijo su portavoz, estamos fingiendo que es algo que no es. Carnegie habría estado de acuerdo. Una sonrisa por contrato es la adulación de la que el libro avisa. Y la versión de marketing: el correo que dice "Hola, {nombre}" porque la variable falló.

PLAY · El nombre y una cosa Tiempo: dos semanas. Qué haces: cada vez que conozcas a alguien —un cliente, el padre de un compañero de tu hijo, el nuevo del equipo—, repite su nombre una vez en la conversación y apunta después, en el móvil, su nombre y una cosa concreta que te contó. Qué anotas: la lista. Nombre y una cosa. Cómo sabes si funcionó: la siguiente vez que viste a una de esas personas, la saludaste por su nombre y le preguntaste por su cosa. Su cara te dirá si Farley tenía razón.

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6 · Que el otro se sienta importante

Qué dice. Los dos últimos principios de la parte dos cierran el círculo: habla de lo que le interesa al otro y haz que se sienta importante, y hazlo con sinceridad. Hacerlo sin creerlo es manipulación, y el libro lo dice así. Creerlo y no decirlo es tacañería.

La marca: Ritz-Carlton. Simon Cooper, presidente de la cadena, lo explicó en Forbes en 2009: cualquier empleado puede gastar hasta 2.000 dólares en un huésped sin pedir permiso al director del hotel, por incidente. No solo para resolver quejas: también para una tarta en un cumpleaños que el empleado descubrió escuchando. Y el lema de la empresa es Carnegie sin citarlo: "Somos damas y caballeros al servicio de damas y caballeros".

No puedes hacer que alguien se sienta importante si tú no lo crees. Y si lo crees y no se lo dices, tampoco.

En los negocios. El lema del Ritz tiene dos mitades y casi todas las empresas copian solo la segunda: tratan al cliente como importante y al empleado como reemplazable, y luego se sorprenden de que la sonrisa del mostrador sea de plástico. Los 2.000 dólares no son un gasto en clientes. Son una declaración de confianza en quien atiende.

Qué no hacer. El "su llamada es muy importante para nosotros" después de veinte minutos de música. Y el jefe que dice que "las personas son nuestro mayor activo" la semana del recorte.

PLAY · El presupuesto de 2.000 Tiempo: un mes. Qué haces: si diriges a alguien, dale una autonomía concreta para hacer algo por un cliente sin pedirte permiso: un descuento, un regalo, una hora extra. Pon un límite claro. Si no diriges a nadie, haz tú la versión pequeña: una vez por semana, haz algo por un cliente o un compañero que nadie te pidió, basado en algo que te contó. Qué anotas: en qué se gastó la autonomía y qué pasó después. Cómo sabes si funcionó: la persona usó su margen al menos una vez sin consultarte, y te lo contó con orgullo.

Dale Carnegie · 30 principios

Parte tres · Ganarse a la gente para tu forma de pensar

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7 · Nadie gana una discusión

Qué dice. La parte tres son doce principios y empieza con el más contundente: "La única forma de sacar lo mejor de una discusión es evitarla". Los tres primeros van juntos: evita las discusiones, respeta las opiniones ajenas y nunca le digas a nadie que está equivocado, y si te equivocas, admítelo rápido y con énfasis.

Si ganas la discusión, el otro pierde, y quien pierde delante de alguien no cambia de opinión: se guarda la derrota. Has ganado el argumento y perdido a la persona.

El ejemplo de Carnegie es Benjamin Franklin, y la fuente se puede comprobar. En su Autobiografía, Franklin cuenta que un amigo cuáquero le dijo que tenía fama de orgulloso, "dominante y bastante insolente" en las conversaciones. Franklin se prohibió entonces cualquier palabra que expresara una opinión fija, como "ciertamente" o "indudablemente", y las cambió por "creo" o "me imagino que es así". Según él, sus opiniones encontraron menos oposición, le dolía menos equivocarse y convencía con más facilidad a los demás de abandonar sus errores.

La marca: Domino's. En diciembre de 2009, Domino's lanzó en Estados Unidos una campaña en la que sus propios clientes decían que su pizza era mala: la masa "es como cartón". La empresa no discutió. Lo admitió en televisión, cambió la receta y lo contó. En el primer trimestre de 2010, sus ventas en tiendas comparables en Estados Unidos subieron un 14,3%. El consejero delegado, Patrick Doyle, lo atribuyó a una pizza mucho mejor "y a nuestra honestidad al contárselo a los consumidores".

La marca: Microsoft. En febrero de 2014, uno de los primeros actos de Satya Nadella como consejero delegado fue pedir a sus directivos que leyeran Comunicación no violenta, de Marshall Rosenberg, un libro sobre cómo decir lo que uno necesita sin atacar al otro. Microsoft valía entonces poco más de 300.000 millones de dólares; diez años después, más de 3 billones. Muchas cosas explican ese salto; el libro del primer mes dice cuál creía Nadella que era el primero.

La honestidad obligatoria. Durante años se repitió que corregir a alguien con datos le hacía aferrarse más a su error. En 2019, Thomas Wood y Ethan Porter publicaron en Political Behavior experimentos con miles de personas y decenas de temas políticos: casi nunca encontraron ese efecto. La gente sí se corrige con datos. Lo que Carnegie describe no es que los hechos no funcionen. Es que la humillación funciona, y en contra.

Puedes ganar la discusión o puedes ganar a la persona. Casi nunca las dos.

Qué no hacer. El "con todo respeto" que precede a una falta de respeto. La disculpa corporativa que tarda tres semanas y dos abogados. Y la discusión en el grupo familiar ganada a las once de la noche con un enlace a un estudio que nadie va a abrir: has ganado, enhorabuena. Nadie ha cambiado de opinión.

PLAY · El diccionario de Franklin Tiempo: una semana. Qué haces: elimina de tus correos y conversaciones "obviamente", "claramente", "sin duda", "te equivocas" y "no es así". Cámbialos por "creo", "por lo que veo" o "puede que me equivoque, pero". Y la primera vez que te equivoques en algo, dilo antes de que nadie lo señale. Qué anotas: cuántas veces estuviste a punto de decir una de las palabras prohibidas. Cómo sabes si funcionó: alguien cambió de opinión en una conversación contigo sin que hubiera discusión. O te dio la razón en algo que antes te habría discutido.

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8 · Que la idea sea suya

Qué dice. Del cuarto al noveno principio, la parte tres describe cómo se convence sin empujar: empieza de forma amistosa, consigue que el otro diga "sí, sí" desde el principio, deja que hable él la mayor parte del tiempo, haz que sienta que la idea es suya, intenta de verdad ver las cosas desde su punto de vista y muestra comprensión por sus ideas y deseos.

Carnegie cita a Lincoln: "Una gota de miel atrapa más moscas que un galón de hiel". Y cuenta cómo John D. Rockefeller Jr., en 1915, tras una huelga sangrienta en las minas de Colorado, se presentó ante los mineros que lo odiaban y empezó diciendo que aquel era un día señalado en su vida, porque por fin conocía a sus representantes. Empezó por lo que compartían, no por lo que los separaba.

La marca: LEGO. En 2008, LEGO lanzó en Japón la plataforma LEGO Cuusoo, hoy LEGO Ideas: cualquier aficionado puede subir el diseño de un set. Si consigue 10.000 apoyos, LEGO lo revisa, y si lo produce, el creador recibe el 1% de las ventas netas y su nombre en la caja. Hasta abril de 2026 se habían producido 72 sets así, entre ellos el cohete Saturno V de la NASA. LEGO no le pregunta a la gente qué quiere. Deja que lo construya y lo vote. Cuando el set sale a la venta, ya tiene diez mil personas que sienten que es suyo.

La gente defiende lo que ayudó a construir. Lo que le impusiste lo tolera hasta que puede quitárselo de encima.

En las relaciones. El plan de vacaciones que decide uno y anuncia a los demás tiene cuatro detractores. El que nace de preguntar "¿qué sería lo mejor que nos podría pasar este verano?" tiene cuatro dueños. Y el plan puede ser el mismo.

Qué no hacer. La reunión "para recoger ideas" con la decisión ya tomada. Y el jefe que escucha una buena idea de su equipo, la repite en la siguiente reunión como suya y luego se queja de que nadie propone nada.

PLAY · La pregunta antes de la respuesta Tiempo: la próxima decisión que tengas que proponer. Qué haces: antes de presentar tu idea, haz tres preguntas que lleven al otro a describir el problema con sus palabras. Deja que hable. Si llega a tu solución por su cuenta, no la reclames. Si llega a una mejor, cámbiate a la suya. Qué anotas: quién dijo la idea final en voz alta por primera vez. Cómo sabes si funcionó: fue el otro. Y una semana después, la estaba defendiendo como suya.

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9 · Lo noble, lo visible y el reto

Qué dice. Los tres últimos principios de la parte tres son los más vistosos: apela a los motivos más nobles, dramatiza tus ideas y lanza un desafío.

El primero parte de una observación de Carnegie: la gente suele tener dos razones para hacer algo, una que suena bien y la verdadera. Basta con hablarle a la que suena bien, porque todos queremos ser la persona de esa razón.

El tercero tiene la mejor historia del libro. Charles Schwab tenía una acería que no llegaba a su producción. Al final del turno de día preguntó cuántas coladas de acero habían hecho. Seis. Cogió una tiza, escribió un 6 enorme en el suelo y se fue sin decir nada. El turno de noche lo vio, preguntó, y al terminar borró el 6 y escribió un 7. A la mañana siguiente, el turno de día escribió un 8. Nadie dio una orden.

La marca: Patagonia. El 25 de noviembre de 2011, Black Friday, Patagonia publicó en The New York Times un anuncio de página completa con su chaqueta R2 y un titular: "No compres esta chaqueta". Debajo explicaba lo que costaba fabricarla, empezando por 135 litros de agua. No le hablaba al comprador: le hablaba a la persona que el comprador quería ser. Casey Sheahan, entonces consejero delegado, calculó que aquel anuncio de 57.000 dólares les dio entre 40 y 50 millones en publicidad gratuita.

La marca: Apple. El 15 de enero de 2008, Steve Jobs sacó el primer MacBook Air de un sobre de correo interno de papel manila. Podía haber dicho que medía 4 milímetros en su punto más fino. Lo enseñó, y la imagen del sobre acabó en los anuncios.

La marca: la Asociación de ELA. En el verano de 2014, el reto del cubo de agua helada movilizó a más de 17 millones de participantes y recaudó 115 millones de dólares para la Asociación de ELA de Estados Unidos. El 6 de Schwab a escala planetaria: nadie pidió dinero en la primera frase. Lanzaron un desafío.

La gente hace por un reto lo que no haría por una orden. Y por la persona que quiere ser, lo que no haría por la que es.

Qué no hacer. La campaña que apela a los valores del cliente mientras la empresa hace lo contrario: el motivo noble funciona hasta que alguien lo comprueba. Y dramatizar sin sustancia: Jobs podía sacar el portátil del sobre porque el portátil cabía.

PLAY · El número en el suelo Tiempo: dos semanas. Qué haces: elige algo que quieres mejorar —en tu equipo, en casa o en ti— y conviértelo en un número visible. Escríbelo donde todos lo vean: una pizarra, la nevera, la primera línea del chat del equipo. No pidas nada. Solo actualízalo. Qué anotas: el número cada día, y si alguien que no eras tú lo actualizó. Cómo sabes si funcionó: alguien escribió un 7 donde tú habías puesto un 6.

Dale Carnegie · 30 principios

Parte cuatro · Ser líder sin ofender

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10 · El "y" en lugar del "pero"

Qué dice. La parte cuatro trata de cómo cambiar a alguien sin que se ofenda ni se resienta. Los cinco primeros principios forman un bloque: empieza con elogio y aprecio sincero, señala los errores de forma indirecta, habla de tus propios errores antes de criticar los del otro, haz preguntas en lugar de dar órdenes y deja que el otro salve las apariencias.

El segundo principio conecta este capítulo con el anterior de la colección, el de Yes!: Carnegie aconseja cambiar el "pero" por un "y". Su ejemplo es un padre que le dice a su hijo: "Estamos muy orgullosos de ti por haber subido las notas, pero si te hubieras esforzado más en álgebra…". El chico oye el pero y entiende que el elogio era el envoltorio de la crítica. La versión de Carnegie: "Estamos muy orgullosos de ti por haber subido las notas, y si sigues esforzándote igual el próximo trimestre, la de álgebra puede ponerse a la altura de las demás". Mismo contenido. Otra puerta.

Noventa años antes de que esta colección convirtiera el Pero en antagonista del Sí, Carnegie ya había encontrado la palabra.

Para el quinto principio, el libro cuenta que General Electric tenía un problema con Charles Steinmetz, un genio de la electricidad que había fracasado como jefe de departamento. En lugar de degradarlo, le dio un cargo nuevo, ingeniero consultor de la empresa, y puso a otro al frente del departamento. Steinmetz quedó contento.

La marca: Google. En 2015, Google publicó los resultados de Project Aristotle, una investigación con más de 200 equipos internos. La primera de sus cinco claves fue la seguridad psicológica: que la gente se sienta segura para admitir errores sin miedo a quedar mal. Quién estaba en el equipo importaba mucho menos que cómo se trataban, y el número de estrellas resultó un mal predictor de la eficacia. Según Google, los equipos de ventas con alta seguridad psicológica superaban sus objetivos en un 17%.

Todo elogio seguido de un pero es una crítica con envoltorio. Cambia la palabra y el elogio vuelve a ser elogio.

En la vida. "Yo también lo hice mal la primera vez", dicho a un hijo o a alguien que empieza, no le quita autoridad a quien lo dice. Le quita miedo a quien lo escucha.

Qué no hacer. El "sándwich de feedback" mecánico, en el que todo el mundo espera el relleno. La corrección delante del equipo "para que aprendan todos". Y la orden disfrazada de pregunta —"¿no crees que deberías…?"— que no engaña a nadie.

PLAY · Cambia el pero Tiempo: una semana. Qué haces: antes de enviar cualquier mensaje que corrija algo —a un compañero, a un proveedor, a tu hijo—, busca la palabra "pero" y cámbiala por "y". Reescribe lo que haga falta para que la frase funcione. Si das una indicación, conviértela en pregunta abierta: no "haz esto", sino "¿cómo resolverías esto?". Qué anotas: cuántos peros cambiaste y qué te contestaron. Cómo sabes si funcionó: la otra persona respondió a la segunda parte del mensaje, no a la primera. Eso significa que no se defendió.

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11 · Elogiar la mejora más pequeña

Qué dice. Los cuatro últimos principios del libro son: elogia la mejora más pequeña y elogia cada mejora, dale al otro una buena reputación que mantener, anímalo y haz que el error parezca fácil de corregir y haz que se alegre de hacer lo que le propones.

Carnegie cuenta que su amigo Pete Barlow, que tenía un número de circo con perros, entrenaba así: en cuanto un perro mostraba la mejora más pequeña, lo acariciaba, le daba carne y montaba una fiesta. Y cita a B. F. Skinner: cuando se reduce la crítica y se aumenta el elogio, lo bueno se refuerza y lo malo se atrofia por falta de atención.

El principio de la buena reputación tiene el título más bonito del libro, sacado de un refrán inglés: dale al perro un buen nombre. Si le dices a alguien que es la persona cuidadosa del equipo, intentará estar a la altura.

La marca: Duolingo. La aplicación de idiomas ha convertido el elogio de cada mejora en su motor. Según su blog, quienes llegan a una racha de siete días tienen 3,6 veces más probabilidades de terminar el curso. Hay que leerlo con cuidado: quien aguanta siete días probablemente ya era más constante. El dato más útil es otro: cuando Duolingo añadió animaciones para celebrar cada día de racha, la probabilidad de que un usuario nuevo siguiera activo una semana después subió un 1,7%. Una celebración de dos segundos por un día más. Pete Barlow con presupuesto de Silicon Valley.

La honestidad obligatoria. La buena reputación suele apoyarse en el efecto Pigmalión: en 1968, Robert Rosenthal y Lenore Jacobson dijeron a unos profesores que ciertos alumnos, elegidos al azar, iban a "florecer", y esos alumnos mejoraron más su cociente intelectual. El estudio fue criticado desde el primer año y las réplicas han dado resultados desiguales. Según la revisión de Lee Jussim y Kent Harber de 2005, las expectativas de los profesores sí influyen, pero poco. La buena reputación ayuda. No transforma a nadie por sí sola.

Nadie mejora por la crítica que recibe. Mejora por la mejora que alguien vio antes que él.

Qué no hacer. El elogio que solo llega con el resultado final, cuando ya no hace falta. La evaluación anual que recuerda los tres errores del año y ninguno de los cien días buenos. Y el "a ver si esta vez" antes de que el otro empiece: es ponerle un mal nombre por adelantado.

PLAY · La mejora del día Tiempo: dos semanas. Qué haces: elige a una persona que esté aprendiendo algo —un empleado nuevo, tu hijo con los deberes, tú mismo con algo nuevo—. Cada día, nombra en voz alta una mejora concreta, por pequeña que sea, respecto al día anterior. Una. Con el detalle. Qué anotas: la mejora de cada día. Cómo sabes si funcionó: al final de las dos semanas, la persona empezó a contarte sus mejoras antes de que tú las nombraras. Ya se ha quedado con el buen nombre.

Lectura crítica

Las dos partes que desaparecieron

La edición original de 1936 tenía seis partes, no cuatro. La revisión de 1981 eliminó dos.

La quinta, "Cartas que produjeron resultados milagrosos", analizaba cartas comerciales. Su gran consejo, pedir un pequeño favor en lugar de exigir, sigue funcionando en cualquier correo.

La sexta, "Siete reglas para hacer más feliz tu vida en el hogar", decía: no regañes; no intentes cambiar a tu pareja; no critiques; aprecia con sinceridad; ten pequeñas atenciones; sé cortés; y lee buenos libros sobre la parte sexual del matrimonio. La última es muy de 1936. Las otras seis las firmaría hoy cualquier terapeuta de pareja.

Lo que el libro no cuenta: Carnegie se había casado en 1927 con Lolita Baucaire y se había divorciado en agosto de 1931. Escribió las reglas para un hogar feliz cinco años después de que el suyo no lo fuera. Se puede leer como hipocresía. Yo lo leo como el capítulo de alguien que sabía, por experiencia, lo que cuesta no seguirlas. En 2022, una nueva revisión supervisada por su hija, Donna Dale Carnegie, recuperó material del texto de 1936.

En la vida. El estudio más largo sobre la vida adulta le da la razón a esa parte desaparecida. El Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard empezó en 1938 con 724 hombres a los que ha seguido toda su vida. Su director, Robert Waldinger, lo resume así: "Las buenas relaciones nos hacen más felices y más sanos". Los más satisfechos con sus relaciones a los cincuenta años eran los más sanos a los ochenta. No el dinero. No el éxito.

El libro se vendió como un manual para el trabajo. Su mejor capítulo era el de casa, y lo quitaron.

Lectura crítica

Por qué merece que lo quieras

Porque es el libro que empezó todo lo que vino después en este estante. Antes de que Cialdini midiera la reciprocidad o la simpatía, Carnegie las había convertido en treinta frases que cualquiera puede usar el lunes. Lleva noventa años en circulación porque cada principio se puede probar esta semana con una persona concreta.

Porque su promesa es buena: la forma más eficaz de influir en alguien es tratarlo mejor. No más fuerte, no más listo: mejor. Si la aplicas mal, como mucho te convierte en alguien más amable.

Porque varias de sus intuiciones de 1936 las ha confirmado la ciencia posterior: la pregunta de seguimiento, el agradecimiento que subestimamos, la seguridad psicológica, las relaciones como predictor de salud. Carnegie no tenía datos. Tenía catorce semanas de clase con oficinistas que volvían a contar qué había pasado.

Y porque es un libro para principiantes en el mejor sentido. No pide talento, carisma ni contactos. Pide que dejes de criticar, que preguntes una vez más y que digas el nombre de alguien. Buffett tenía veinte años, pánico a hablar en público y cien dólares en efectivo.

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Para quién no es

No es para quien busca un atajo para manipular. El propio libro avisa de que estos principios sin sinceridad no funcionan, porque se nota. Si buscas técnica para sacarle cosas a gente que no te importa, Influence explica mejor los mecanismos, y también cómo se defienden de ti.

No es para quien necesita estudios en cada página. Los ejemplos son anécdotas de 1936: pistoleros, magnates del acero, presidentes, alumnos de un curso nocturno. Casi ninguna se puede comprobar con una fuente primaria. Ilustran; no prueban.

No es para quien cree que la amabilidad sustituye a la sustancia. Domino's admitió que su pizza era mala y además hizo una pizza mejor. El elogio, el nombre y la sonrisa abren la puerta. Lo que hay dentro tiene que valer la pena.

Y no es para quien está en una relación donde el problema no es de comunicación. Carnegie supone dos personas de buena fe. Con alguien que te maltrata, ni evitar la discusión ni empezar con un elogio va a resolver nada, y el libro no lo dice.

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Lo que el libro no dice

Uno: que las herramientas no distinguen a quien las usa. Según los biógrafos que recoge Wikipedia, Charles Manson estudió los principios de Carnegie en prisión y los usó para manipular a sus seguidores. Las técnicas funcionan también sin sinceridad, al menos un tiempo. La sinceridad que Carnegie pide no es una técnica más: es la única condición que separa su libro del que denunciaba Sinclair Lewis.

Dos: que el famoso 85% no es lo que parece. Carnegie escribe que, incluso en ingeniería, alrededor del 15% del éxito económico se debe al conocimiento técnico y el 85% a la habilidad para tratar con la gente. La Fundación Carnegie para el Avance de la Enseñanza —sin relación con Dale— sitúa el origen de esas cifras en un informe de 1918 de Charles Riborg Mann, A Study of Engineering Education, páginas 106 y 107. No pude comprobar qué midió exactamente. Pero no es una ley sobre el éxito: es una cifra sobre ingenieros de hace más de un siglo, repetida durante noventa años en presentaciones de recursos humanos.

Tres: que parte de la ciencia que lo respalda se ha encogido. La sonrisa mejora el ánimo, pero menos de lo que se creía. El efecto Pigmalión existe, pero es pequeño. Y hay una cifra que circula junto a este libro y que conviene no comprar: en 2005, Barbara Fredrickson y Marcial Losada publicaron que hacían falta exactamente 2,9013 emociones positivas por cada negativa para prosperar. En 2013, Nicholas Brown, Alan Sokal y Harris Friedman demostraron en American Psychologist que las ecuaciones de dinámica de fluidos que sostenían esa cifra estaban mal aplicadas y concluyeron que la afirmación carecía por completo de fundamento. Ese mismo año, Fredrickson publicó una respuesta en la que dejaba caer el modelo matemático. La positividad ayuda. La proporción mágica no existe.

Cuatro: que está escrito para un mundo de hombres con traje. Casi todos los ejemplos son de hombres en oficinas y fábricas de los años treinta. Los principios aguantan. Los ejemplos hay que traducirlos.

Cinco: que evitar la discusión no es evitar el conflicto. Para las discusiones de ego, Carnegie tiene razón. Pero hay conflictos que hay que tener: con un socio que incumple, con una injusticia en el equipo, con una decisión que va a costar dinero. El libro no distingue entre discutir para ganar y discrepar para decidir. Project Aristotle sí: la seguridad psicológica es justamente lo que permite discrepar sin miedo.

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Lo que me llevo

Que influir no es ganar. Que se puede cambiar lo que hace otra persona cambiando lo que hago yo con ella, y que casi siempre empieza por dejar de hacer algo: criticar, discutir, hablar de mí.

Que las herramientas son ridículamente pequeñas. Una pregunta de seguimiento. Un nombre recordado. Una carta de agradecimiento que me daba vergüenza enviar. Un "y" donde iba un "pero". Un número escrito con tiza en el suelo.

Y que el capítulo más importante del libro es el que quitaron: el de casa. Todo lo demás es la misma idea aplicada fuera.

Entre los papeles de un presidente asesinado aparece una carta de julio de 1863, dirigida a un general, escrita con una furia contenida. No tiene sello. Nunca salió de la mesa.

Lincoln tenía razón. Y la guardó.